Lo esencial en la Psicoterapia, de Cristina Alarcón

La psicoterapia ya no es la gran desconocida que era hace 30 años, pero se ha desarrollado y ha desplegado una gran diversidad. Quizá precisamente por eso creo que es importante que quede claro cuáles son sus principios e intenciones. En particular, he querido reducir a lo esencial el modo de trabajo terapéutico gestáltico, al menos para empezar.

Inspirada por el estilo de Graciela Cohen coincido con ella en señalar que cuando nos centramos en nuestros pensamientos, no podemos ver la realidad a nuestro alrededor como es, porque distorsionamos de una y mil maneras lo que vemos. Eso sí, lo distorsionamos de una manera muy personal. También nos percibimos a nosotros mismos con un sesgo que nos condiciona y que, al mismo tiempo, nos ofrece una identidad. Tememos perder nuestra identidad y por tanto tememos los cambios. Sin embargo, seremos más conscientes de lo que nos pasa en realidad cuando dejemos de esforzarnos por mantener una imagen que teníamos de nosotros mismos, siendo más flexibles en nuestra personalidad, aprendiendo a confiar en nosotros tras aprender de nuestras experiencias, buscando lo verdadero y lo genuino, asumiendo que crecer supone un cambio que nos produce incertidumbre y cierta inquietud. La suerte es que podemos cambiar sin dejar de ser nosotros mismos.

 

A veces necesitamos armonizar nuestras contradicciones internas y otras veces debemos asumir la evolución de nuestro propio desarrollo, es decir, los cambios debidos a nuestra madurez y al ciclo vital. Sin embargo, el camino que recorremos en la dirección deseada tiene un significado diferente para cada uno y cada uno crea su propio trayecto. Mientras esto se está produciendo, a lo largo de un proceso terapéutico, se da progresivamente una mayor sensación de paz y de renovación, recuperándose también con frecuencia la alegría de vivir, como sugiere Cohen en “Un camino real”.

En el proceso de la terapia hacemos una investigación conjunta para buscar lo que se necesita, hacia una mayor capacidad para expresarse y recuperar el momento presente de una persona, su momento vital, escuchándose a sí misma, observándose con interés, honestamente, directamente. A veces, nos encontramos con nuestras heridas, antiguas, que requieren curas y cuidados, otras veces podemos abrirnos a nuevas posibilidades, ampliando nuestra visión de las cosas, revisando el mapa con el que nos movemos. Mientras tanto aprendemos a soportar la presión de no saber y nos hacemos más fuertes.

Nuestra voz interna verdadera suele ser interrumpida por la charla mental que nos impide distinguir con claridad lo que queremos, pero tomando conciencia de esta interrupción se pueden reconocer nuestras voces como propias sin perder de vista la unidad y complejidad de lo que somos. Reducimos la influencia de la voz predominante o de la que nos angustia para tener una mirada más amplia de nosotros mismos y de nuestras potencialidades. También así ampliamos nuestra visión del mundo y de la realidad.

A veces, es el arte el que nos ofrece una perspectiva distinta de nosotros mismos y de los demás. Los sueños, la imaginación, el teatro, la danza o el trabajo artesanal, por ejemplo, nos permiten contactar con aspectos inexplorados de nosotros mimos y no comprensibles por la lógica.  La sensación de paz interior, que suele acompañar a la expresión misma, nos da una señal de la recuperación de la unidad y de la armonía que se produce en este proceso.

En el proceso terapéutico se busca fortalecernos, encontramos una manera personal de hacer las cosas, un estilo propio con el que identificarnos y afirmarnos. Uno de los principios básicos del enfoque gestáltico es mirar el PRESENTE. En nuestro presente vivimos y es aquí y ahora donde aprendemos a armonizar los diferentes modos de hacerlo, buscando complementarios donde antes veíamos extremos poderosos pero enemigos. Si somos pacientes para mantenernos ante el vacío, entonces, ocurre que nuestras contradicciones pueden tener una reconciliación, un movimiento hacia la colaboración y la templanza.

Esto requiere un gran compromiso con uno mismo y una gran responsabilidad, de no ceder ante la tentación de mantenernos en un autoengaño, ni de inventar nuevas maneras de negar la realidad. También se requiere entereza y valor, dejar que la madurez y los cambios sucedan de forma natural.  Si podemos desarrollar la capacidad de confiar en este proceso, recuperamos las fuerzas para impulsarnos y para vivir con intensidad el presente y lo que nos traiga el futuro.

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