«La ruptura amorosa. Cómo transitar el duelo», de Rosa Martínez

Uno de los tránsitos más dolorosos que vivimos  a lo largo de nuestra vida es la ruptura de la relación de pareja, al ser un vínculo que va mas allá de lo pasional, sexual, o amoroso. Nos proporciona un sentido vital, un significado  existencial y una seguridad, que en ocasiones nos lleva a una fuerte dependencia  de la que tendremos que aprender a deprendernos, aunque nos resulte costoso. Según sea lo que lleva a la decisión y cómo se plantea y aborda la separación,  así también será diferente el tránsito por el duelo y el proceso de recuperación personal.

Ante una separación, no nos sentimos igual si decidimos la ruptura o si lo decide  nuestra pareja. Los sentimientos que suelen aparecer pueden fluctuar desde la culpa, impotencia, tristeza, rabia o frustración y la idea de ser engañados o traicionados. Cuando ambos participan conjuntamente de la decisión suele favorecer,  aunque no garantizar, una mejor adaptación al proceso de duelo.  En cualquier caso, les  llevará un tiempo asimilar este cambio en sus vidas.  Generalmente  conlleva una readaptación del estilo de vida, a veces supone también un cambio de vivienda, de lugar de residencia, de trabajo o incluso de relaciones personales. Hemos de renunciar a  la expectativa de que el tránsito sea indoloro y lo más rápido posible.

A lo largo del proceso de duelo podemos transitar por diferentes estados de ánimo. Algunas personas sentirán alivio o tranquilidad si habían discusiones y estas han cesado. Otras experimentan un sentimiento de vacío, especialmente quien ha sido «dejado», y la idea de abandono o rechazo es casi inevitable. También podemos negar la realidad, sentir sorpresa o incredulidad  antes de  asumir que la relación ha finalizado y comenzar entonces  a sentir enfado o tristeza. El deseo de permanecer junto a nuestra pareja se combina con la confusión y  el cuestionarnos qué hemos hecho mal. En ocasiones pueden darse uno o varios intentos de reconciliación ante la dificultad de asimilar  la ruptura como definitiva. La persona que decide dejar la relación  puede sentirse culpable del dolor o daño que  pueda sufrir la otra persona y los hijos, si los hay.  A esto se une el  temor al cambio que pueda suponer en su vida. Otro de los sentimientos por los que podemos transitar es la desesperanza, y si se suma a una autoestima baja, pueden emerger sentimientos de profundo pesar e insuficiencia personal generándose  la desconfianza en iniciar una nueva relación de pareja en el futuro. En ocasiones podemos experimentar lo que se denomina ilusión de reconciliación,  creer que es posible retomar la relación, con la falsa esperanza de una nueva unión. En algunas personas se desarrolla el llamado Síndrome de Abstinencia Emocional, que le lleva a la imposibilidad de decir adiós. Incapaces de tolerar el dolor emocional se refugian en el deseo de retomar la

relación de una manera un tanto obsesiva. Cuando  la insistencia es notoria nos  encontraremos con reacciones como bloquear los contactos en redes sociales. El malestar y la incertidumbre pueden llevarnos a alternar sentimientos de amor y odio. Lo cual a su vez, será vivido con dolor y gran pesar.

Una ruptura afectiva no ha de verse como algo trágico, aunque nos lo pueda parecer en algún momento. Asimilar y entender lo que nos aportó una relación, y lo que nos impidió continuarla lleva su tiempo, y hemos de concedérnoslo. Cada relación de pareja existe en la medida en que será  importante lo que nos aporte, contribuirá a enseñarnos algo que necesitemos aprender de nosotros mismos o de la vida. Es el final de una etapa de nuestra vida y el inicio de otra, que seguro nos traerá buenas oportunidades y una versión más fuerte y hermosa de nosotros.

Es posible mantener una relación amistosa a lo largo del tiempo, si  hay voluntad por ambas partes. Para ello hemos de soltar los sentimientos de resentimiento, enfado, decepción o desconfianza y no dejar abiertos asuntos inconclusos, tal y como se describe en la terapia gestalt. Cuando esto no  se logra, se decide no mantener ningún tipo de contacto y evitar situaciones en las que puedan encontrarse. Aceptar la nueva situación no significa que la hayamos asimilado de una manera sana.

Poco a poco comenzamos a encajar la realidad de que la ruptura es definitiva; y  a considerar  vivir nuestra vida sin contar con esa persona. Esta aceptación nos lleva a plantearnos planificar cambios necesarios en nuestra vida.  Se comienza a buscar recursos y estrategias para seguir la vida cotidiana, crear nuevas rutinas y reformular nuevos objetivos personales.

Cada persona recorrerá su propio camino de duelo, y vivirá el proceso según las circunstancias que hayan acontecido, sus rasgos de personalidad, su nivel de tolerancia a la frustración, flexibilidad y adaptación al cambio y el apoyo social y familiar con el que cuente. La psicoterapia también es un buen espacio de acompañamiento que contribuye a asimilar este cambio personal. A veces la mente desea ir más deprisa que el corazón; y es importante darnos un espacio para procesar todo esto. El último paso de todo este proceso será el de la superación. Cuando podemos recordar la relación con objetividad,  valorar y apreciar las vivencias compartidas, los buenos momentos vividos y los aprendizajes incorporados. Poder detectar los errores cometidos por ambos, las necesidades no satisfechas  y, sobre todo, entender el proceso que les llevó al cese de la relación.  Dar un lugar en el corazón a esa persona que durante un tiempo ocupó un lugar especial en nuestra vida. Integramos finalmente la ruptura, cuando  podemos recordar con gratitud lo vivido y reconocer que somos quienes somos, gracias también, a las parejas que han formado parte de nuestra vida.

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